lunes, 4 de febrero de 2008

HAGAMOS UN ESFUERZO PREVIO NO UNA SALVAJADA FINAL

ORIANA

Oriana, Oriana, Oriana.
¡Oh, Oriana!, de ojos verdes, ventanas al mundo y vértice de mi alocada pasión.
Oriana, de cejas incandescentes, camino de gloria y regocijo de mi indiscreta mirada.
Oriana, sólo el crisol tan embaucador que soportas entre los párpados me derrite de emoción.
Oriana, cuando recuerdo la sensibilidad impoluta de la epidermis del cilindro, eje mágico de donde emanan tus susurros y lamentos, renazco como la ola que rompe en la arena y regresa furiosa al interior del océano.
Oriana, siempre Oriana.
Oriana has mecido con suave delicadeza mis gónadas hasta hacerme gemir sonriente.
Oriana, la textura de apariencia iconoclasta de la redondez de tus hombros desnudos junto a la sensualidad de los puentes que trazan tus inolvidables abrazos consiguen que mi respiración se difumine en la mágica ilusión de contemplar esa pieza de tu cuerpo cada vez que el sol me irisa al amanecer.
Oriana, Oriana, Oriana.
Oriana, incomparable Oriana jugando con la piel de las delicadas yemas de tus caprichosos dedos recorriendo, subiendo y bajando, deprisa y despacio por los nudos de mi columna, de la nuca hasta el fin.
Oriana, Oriana, las sendas que dibujan tan exquisitamente tu vulva presionada por mi nariz, enjuagada por mi lengua, besada por mis labios y atrapando mi enhiesto ariete, oh, Oriana.
Oriana, Oriana, Oriana, la mujer de escurridizas y perfumadas axilas, ensalivadas por amor. Divertimento de mis hábiles extremidades para risas de tus dientes de diamante.
Oriana, Oriana de turgentes pechos del tamaño de un suave melocotón que abren el camino para que mis huidizas manos gocen de la superficie plana de tu vientre.
Oriana, de nalgas para besos eternos y suficientes para la palma de mi mano.
Oriana, Oriana, que avanzas hacía mí con electricidad en tus interminables muslos.
Oriana, Oriana, Oriana.
Oriana que descubrí mil y un sonidos emitidos por tu garganta al compás del juego de mis caricias sobre tu pieza más sensible.
Oriana que te has postrado en tu inmensa desnudez haciéndome gozar con la humedad de tus agradables e irresistibles cavidades hasta producirme un interminable éxtasis divino.
Oriana, Oriana, yo que conozco todos y cada uno de los pliegues de tu sexo, ahora que te he abatido y rapado el cerebro, ahora que puedo examinar la desnudez también de tu pensamiento, no soy capaz de descubrir la razón de tu abandono.
Oriana, Oriana, Oriana.



ESE PUEBLO SAHARAUI, ¿HASTA CUÁNDO?

EPOZANíA

Amaneces, en un frío día de invierno al que el calendario le ha reservado el espacio del cuatro de enero. En el corazón de la llanura manchega piensas someramente en lo que te puede deparar una fecha como esa; no haces grandes cábalas ni intrigas a tu pensamiento con lo que puede representar un día colocado en medio de tanta festividad, exceso y liturgia.
Éboli apareció a las cinco de la tarde de esa fecha en una ciudad llamada de antiguo “Caserío del Río” en el segundo año bisiesto del tercer milenio de lo que aceptamos como Era Cristiana. Sin capital, sin empleo, sin norte, pero pretendiendo obtener digno refugio en su madre patria, como tantos otros lo conseguían cruzando el Atlántico. Éboli era más cercana, huía de la hambruna que instauró en su tierra el sátrapa amigo de los europeos y que mantenía lazos entrañables con monarcas y estadistas demócratas. Éboli era una niña saharaui, de la parte occidental de ese inmenso mar lleno de arena y de fosfatos y que la madre España, francamente abandonó cuando en la capital languidecía el color pardo y en su patria se levantó un frente acrónimo de esperanza, libertad e independencia.
Caminó erguida sintiéndose orgullosa de su ser, condición y origen por las calles y avenidas de “Caserío del Río” aquella tarde del cuarto día del año nuevo, explorando con sus ojos árabes los excesos de la Europa occidental y examinando con su corazón adolescente la alegría de las gentes de la ciudad que estaban sugestionadas con la Adoración del Niño Jesús que culminaría la tarde siguiente. Éboli quedó prendada de la libertad que se respiraba por todos los rincones de la ciudad. Habría soplado con su corazón para hacer llegar a su tierra, aquella fría pero sin embargo libre atmósfera, en clara correspondencia con la mirra, el oro e incienso que portaban los reyes de su perdido oriente. Éboli hubiera cambiado esos símbolos y riquezas sólo por una atmósfera limpia de represión, hambre y tortura como la que entonces inhalaba en La Seca.
La joven africana detuvo el cuerpo y la mente ocupando con la misma dignidad que caminó, el banco central de la plaza Mayor de la ciudad que estaba tratando de conquistar. Prestó atención a cómo era observada por los nativos del pueblo pero ella les respondió con gesto turístico occidental, con esos guiños y movimientos que caracterizan al hombre civilizado en sus incursiones al otro mundo, ese gesto que ignora a los indígenas de esos paraísos idealizados y en donde fotografía y filma una piedra mística o un salto de agua limpia y brava, pero esquiva mirar a los ojos de sus hermanos pobres. Éboli llevó sus ojos azabaches hasta lo alto del campanario de la iglesia y con fantasía libertaria pretendió ocupar por un instante el nido vacío de cigüeña y volar de continente en continente sin pasaporte ni consigna.
Al rato de aquella ilusión de libertad, recaló en el banco donde Éboli soñaba Romerito, un joven gitano granadino y comenzaron a charlar. Romerito descubrió la inocencia de la adolescente y como si de un manual de conducta se tratase le advirtió de lo que debían hacer para conseguir refugio aquella noche, aunque la saharaui, obstinada, trató de hacer valer la idea de que su embajada era superior. No quería el refugio de una noche, ni la protección de un día, tampoco la compasión de un verano, ni una piedad eterna, exigía, a veces con vehemencia, libertad e independencia; sin embargo, las dotes persuasivas del granadino consiguieron su objetivo. Éboli diría ante la policía local que era mayor de edad aunque para ello aun le faltasen dieciocho meses.
Con aquel trámite resuelto alcanzaron a pie el refugio que para transeúntes disponía la ciudad. La joven deseó descansar más que otra cosa pero antes quiso asear su cuerpo. Mientras la joven hacía uso de la alcachofa que vertía sobre su turgente piel agua vaporosa a presión, el granadino recorrió el paraje donde quedaba ubicado el refugio, en realidad un coso taurino. Romerito dio la vuelta por completo a la plaza y se quedó observando una leyenda sobre cerámica que decía:
“Dile a la luna que no venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena”
y, sonriendo y con los ojos puestos en el firmamento se dijo a sí mismo: “¡Qué grande eres, paisano, estás en todos sitios!”
Muy de mañana y aún con la escarcha dura sobre el terreno, la bocina del automóvil de la policía hizo llegar un nuevo día a Romerito y a Éboli. Tras despertarles, les abonaron la asignación económica que el municipio dedicaba para que los transeúntes dejaran el pueblo. Se trataba de un desahucio encubierto.
Mientras caminaban por la avenida con dirección a la estación, Romerito se interesó por el mal humor que pesaba sobre su compañera y ella explicó al joven andaluz que la policía le despertó de un bonito sueño, donde ella ejercía de embajadora en Naciones Unidas en representación de los apátridas y que logró que la industria farmacéutica se comprometiera a distribuir medicamentos gratis en el tercer mundo y que cuando iba a rubricar el acuerdo en Nueva York teniendo de testigo a toda la prensa mundial, sonó el claxon del vehículo celular.
Romerito animó con su singular forma de actuar el espíritu de la joven saharaui y la exhortó a pedir todo lo que quisiera, incluso ser la embajadora de apátridas en la ONU, que era Noche de Reyes y que podría disfrutar de aquello ya que su tren para la siguiente ciudad no partía hasta bien entrada la tarde. Así lo hicieron. Animados y jugando alcanzaron la zona de la ciudad donde se acometían los preparativos para la cabalgata de Reyes. Con sutil estrategia, el gitano se introdujo entre los bastidores de la carroza del primer rey. Éboli le imitó y se acurrucó entre los del rey Gaspar.
Felices y contentos, aunque escondidos, transitaban los transeúntes protegidos por los bastidores reales. Éboli, un tanto temerosa, sólo respondía con sonrisas a los gritos y aplausos de alegría de las gentes que, apostadas en las aceras, gozaban de aquella cabalgata, pero a la joven africana le picó la curiosidad al llegar a la avenida más concurrida y retirando la tela del bastidor fijó sus ojos en el ambiente y en el bullicio popular. Helado como la noche quedó su corazón al observar que se tiraban caramelos y golosinas desde su carroza al público. Éboli no entendió la situación, pensó en su infancia y recordó a los niños de su patria que carecían de todo y no comprendió ese despilfarro. Entonces lloró, lloró con rabia e impotencia. Cuando las lágrimas de los ojos de Éboli regaron sus mejillas e inundaron de pena su corazón ocurrió algo extraordinario: los caramelos y golosinas que lanzaban desde su carroza el rey Gaspar y sus acompañantes se convertían en oscuros trozos de carbón que ennegrecían los rostros de niños y los lujosos atavíos de sus mamás y se hizo el caos.
Las gentes del lugar se indignaron y arrojaron lemas contra los organizadores. Los ocupantes de la carroza saltaron de la misma provocando el desatino de los caballos que la conducían. Al actor que interpretaba al rey mago, un vecino altanero, le desprendió las barbas postizas y todo el mundo elogió la acción. Con la carroza vacía de majestades, querubines, pajes y titiriteros, un joven arrogante y cretino tiró de encendedor y prendió fuego a los telares y al cartón piedra. La policía y los servicios de emergencia quisieron intervenir pero la muchedumbre exaltada no lo permitió, aplaudiendo y vitoreando la acción del incendiario. El fuego crepitó entre bastidores, las llamas ahuyentaron al frío, las carcajadas y el paroxismo a la razón y a los diez minutos la carroza quedó reducida a cenizas y con ella el joven cuerpo de la adolescente de sueños diplomáticos.
El responsable de seguridad prometió una comisión de investigación. El alcalde decretó luto oficial y el pueblo redimió su acción viviendo la más triste de todas sus Epifanías.
Romerito, antes de marchar del pueblo para siempre, regresó hasta la cerámica de la plaza de toros y, con su propia sangre y a continuación de la del poeta puso esta inscripción:
“Lorca regresa. Éboli no se marcha
víctima de la soberbia. La luna
el circo, el pan también retornan
y aplauden sin pena entre las manos
la roja sangre, la hirviente sombra
de la niña sin mancha. Sáhara”.

HOLA, AMIGOS, AMIGAS, COMPAÑEROS, COMPAÑEROS, FAMILIARES......

De nuevo por el blog. La puñetería de la Administración me ha obligado a dejar a un lado el Blog, para ya estamos de nuevo cargando las tintas.

Hablaremos de nuestras próximas elecciones generales y PEDIRE el VOTO para todas aquellas formaciones políticas que sean capaces de ilusionarnos en la vida, en el nacimiento, en la infancia y en la juventud, en la madurez y en la vejez.

Pediré el voto para aquellos que encuentren satisfactoria, natural y humana la gozosa COPULA entre seres humanos. Pediré el voto para aquellos que no nos RIÑAN por no haber ido a oír las catastróficas apocalipsis de las misas dominicales de los franciscanos, jesuitas o agustinos.

Pediré el voto para todos aquellos que tengan algo más de corazón que el acero de la guillotina.

Pediré el voto para todos aquellos que no regalen nuestro esfuerzo fiscal para después chulearnos a base de MULTAS aberrantes y desproporcionadas.

Pediré el voto para todos aquellos que se atrevan a admitir la AUTODETERMINACIÓN libre y espontánea de los puebos españoles.

Pediré el voto para todos aquellos que no censuren y no manipulen nuestra cultura ni nuestras opiniones.

En fin continúo con relatos que os harán reflexionar, de momento uno sobre el abandonado pueblo saharaui y otro sobre aquello de la violencia de género, ah... y por supuesto que os deleitaré con mis CRÓNICAS PLENARIAS.

Un abrazo para todos los que siguen el blog.

domingo, 2 de diciembre de 2007

CRONICAS PLENARIAS NOVIEMBRE 2007

MIL EURISTAS.

Queremos abrazar la calle, queremos recuperar la plaza, queremos ser protagonistas de nuestro tiempo y, ¡por Dios!, queremos equivocarnos, ¡dejen que erremos en nuestras decisiones! No más paternalismos. Apartad de vuestra mente la idiota protección a la que tenéis sometido al pueblo.

No queremos nuevos y suntuosos edificios con decorados chillones y de protervo gusto en los que al final se cuelan lacayos que informan sobre la formación de nuevas flechas.

No queremos que nos organicen nuestros carnavales, porque con vuestras interminables columnas de carrozas amaestradas y domesticadas en disputa por vuestro beneplácito botín, habéis ocupado nuestras calles vaciándolas de espontaneidad, ingenio popular y sonrisas picaronas.

No queremos más ferias vacías de gestión moderna e impregnadas de pasarelas para lucimiento y retrato de maniquís políticos celosos de ocupar los medios que todos soportamos.

No queremos que se nos iluminen artificialmente nuestras fiestas, queremos recuperar humanamente nuestra iniciativa aunque sea a obscuras.

No queremos una televisión municipal donde no cabe la pluralidad ni el contraste ni el debate de ideas y sobra la consigna.

No queremos centros especializados que duplican y a veces multiplican el gasto y conducen al ciudadano a una mar de confusión.

No queremos que aumente nuestro esfuerzo fiscal y no queremos que se banalice la razón argumentando que los impuestos no suben, que lo que asciende son los ingresos. Si nuestro producto interior se mantiene o decrece (muy probablemente) y los ingresos de la institución aumentan, es obvio que acrecienta la presión fiscal sobre nuestros bolsillos.

No queremos ser estatuas inmóviles en vuestro teatro mensual. Queremos recuperar nuestra palabra.

No queremos políticos egoístas que después de haber recibido la confianza del pueblo no actúan con la misma reciprocidad.

No queremos políticos que nos den clases sobre violencia de género, aunque no le negamos su derecho a opinar, cuando un 25 de noviembre cualquiera aparezcan en los medios sin tener estadística que ofrecer, su política habrá funcionado, hasta entonces, será un rotundo fracaso, por muchas miles de denuncias que contabilicen o por muchas sentencias condenatorias que, ufanos, nos exhiban.

No queremos políticos que acudan a tratar nuestros asuntos como mansas marmotas y cuando despiertan, es para soltar un gesto de niño mal educado a las opositoras de género femenino.

No queremos que nuestros presupuestos sólo sea cosa de un artista financiero. El pueblo quiere participar en la confección de sus ingresos y de sus gastos. Resulta patético que hayáis arrinconado la soberanía popular en algo tan sumamente importante, en el asunto donde se decide lo que todo un pueblo desea para su propio futuro. Tres ciudadanos, si quitamos a los profesionales de los medios, se interesaron por esta cuestión tan importante.

Ahítos estamos de un César omnipresente, omnisciente, omnipotente, omnisapiente y omnímodo, ¡basta ya de dirigismos!

Bien, pues a todo esto que no queremos, el César le ha puesto precio: 1.000.- Euros por cabeza, muy en la sintonía con la gente joven, ¡sí señor!











jueves, 22 de noviembre de 2007

CRONICAS PLENARIAS NOVIEMBRE 2007 -EXTRAORDINARIO-

Y DE NUEVO, MIL VECES MIL.

Anodina, zafia, abigarrada, hiriente, abstracta, ruidosa, aborrecible, ¡ni siquiera el marqués de Estella se hubiera atrevido a realizar tan burda, insostenible e injusta intervención política!

La opositora caliente calentó días previos, con micrófono en ristre y cámaras vanidosas el ambiente en Estuario de las Siete Absolutas y, lanzando un discurso repleto de azagayas retóricas consiguió del César la celebración de asamblea extraordinaria y todos los habitantes del lugar intuyeron que esa extraña y extraordinaria convocatoria tendría un riesgo terrible para la sana y pacífica convivencia entre vecindades distintas o realidades opuestas. A casi todos les llegó a las neuronas que en torno a la asamblea de próceres acudirían entusiastas, los eternos y numerosísimos votos cautivos para agradecer la generosidad de los próceres mandatarios, mientras otros vecinos contemplaban la idea opuesta, la de los miembros de la comunidad que, iracundos por su perpetua marginalidad de los favores del poder, irían a reclamar solemnemente su trocito de pastel, empero, a la extraordinaria hora del Ángelus, hora sagrada para la columna caliente (imagino por el alineamiento y rectitud de las agujas del reloj) la plaza de Palacio se encontraba tan desierta como un Primero de Mayo cualquiera.

Exposiciones legales, reglamentarias, bostezos sobre comisiones de empleo que no emplean, entrecruzadas con pinzas peligrosas, jabalinas envenenadas y sendas coincidentes al tiempo que hartamente abominables, se esforzaron en exponer los próceres oponentes en su conjunto, mientras que el César, obligado por zumbidos inalámbricos -por cierto, en esta ocasión hiperbólica y extraordinariamente, ecuánime-, abandonó un instante la extraordinaria asamblea y, el prócer multidisciplinar, como Gary Cooper en “Solo ante el peligro”, desenfundado, similar y aburrida retahíla reglamentaria, en defensa del mancillado honor.

Estupor causó entre la muchedumbre expectante, que la oposición radical denunciara en ese foro los encadenamientos de relaciones de vasallaje, con desprecio absoluto hacia la centenaria institución que se encarga de velar por la seguridad jurídica de aquellos operarios de los que dijeron, que con antigüedad de lustros en su empleos, se les está negando la estabilidad económica y emocional por parte de los próceres mandatarios.

Irritabilidad, sonrojo y asombro provocó en el ciudadano publicitado —en realidad un mal ciudadano y un ejemplar a extinguir— cuando verificó que se produjo un inusual receso en la asamblea de próceres cuando, invocando protección a la intimidad y a la honorabilidad de los empleados afectados por las mociones y discusiones, se hizo un pacto de silencio incomprensible entre todos los miembros de la asamblea. Interpretó el ciudadano publicitado que los próceres establecieron un verdadero agravio comparativo. Éste mal vecino no quedó conforme en que su nombre, apellidos, dirección y número de identificación apareciera en todas las relaciones, órdenes, decretos y bandos de Estuario de las Siete Absolutas por resultar deudor al erario público, mientras los próceres en asamblea, silenciaron aquellos mismos datos de vecinos que, trabajando para la institución, detraían para sus casas dinero de ese mismo erario público. Interpretó el ciudadano moroso que los próceres en su conjunto establecieron un peligroso doble rasero.

Pero el final de la asamblea extraordinaria es que los miembros de la comunidad (todos) se preguntaron unos a otros al concluir aquella farsa montada para lucimiento personal de la prócer caliente, si entraba dentro de los límites de las insanas aspiraciones de esa iluminada por el desatino, provocarles un gasto en sus bolsillos de más de tres mil piezas de oro —asignaciones económicas a los próceres asistentes incluidas— para conocer en qué casilla del R.O.S. (recibo oficial del salario) figuraba una gratificación que no llegaba a los cincuenta denarios a un eventual trabajador de la Corte, motivada por una desafortunada decisión en su contratación y, la conclusión última del vecindario fue que nunca los próceres políticos debatían de política en términos enriquecedores para la comunidad, si es que alguna vez llegaron a hablar de ella, la política con letras mayúsculas.

sábado, 3 de noviembre de 2007

I.R.A.K.

I.R.A.K.
(Insuficiente Respuesta Al Krimen)

Sin cuentos, sin personajes supuestos, sin bromas, sin sarcasmos, sin lugares imaginarios.

El once de marzo del año dos mil cuatro fueron masacradas en la capital de nuestro Estado muchas vidas de nuestros semejantes. Otros ciudadanos y ciudadanas fueron mutilados, muchas otras, heridas en sus sentimientos para siempre. Seguro que jamás olvidarán lo sucedido aquel jueves once de marzo en Madrid. El resto de españoles nos quedamos con un sentimiento de rabia e impotencia que a duras penas vamos superando.

Sólo imaginar que aquel fatídico día podría haber viajado en uno de aquellos trenes cargados de ira explosiva, rociados de impiedad incendiaria, llenos de venganza, sembrados de terror me hace llorar, no sé si de impotencia, de miedo, de frustración o simplemente llorar sin otro motivo que el de las lágrimas de la gente que te acompaña, del compañero que te revela secretos, llorar por la muerte de la chica tan atractiva en la que te fijaste al cruzar por el pasillo del tren y comprobar que sus lindos ojos fueron aplastados por un tornillo de la metralla sientes ganas de llorar, llorar porque también aquel anciano que iba a la revisión del oculista ya no volverá a ver el cielo porque el fuego cegó su vista para siempre, llorar por aquel bebé que se desintegró entre la chatarra y nadie supo dar con él, llorar por los compañeros mineros por su impotencia al verificar a lo que condujo la codicia de un miembro del gremio, llorar porque podía haber muerto yo mismo, llorar por la desesperación que inundó a los sanitarios ante esa barbarie, llorar por ese joven estudiante al que ya nunca más le amargarán la vida las matemáticas, llorar por aquel chiquillo neófito en democracia y que tan ilusionado estaba en acudir a las urnas presumiendo jactancioso de la opción elegida y se quedó cadáver con la papeleta del PP agujerada en el bolsillo de la trenca que le arropaba, llorar por el ciego terrorista que nunca identificó a sus enemigos, llorar porque mis hermanos y amigos llorarían, llorar porque mis hijos no disfrutarían de las tonterías de su padre cuando tiene un chato de vino de más, llorar porque mi mujer dejaría de gozar de un torpe amante, llorar porque mi madre rezaría, llorar porque me mintieron cuatro políticos sin vergüenza, sin ética, cuatro políticos de mierda a los que les importamos un comino. Llorar porque sólo se puede llorar. ¡¡Salvajes, asesinos!!

Llorar porque como dice esta pandilla de cuatreros mentirosos no se han encontrado ni condenado a los responsables intelectuales del atentando. Llorar porque se siguen riendo de todos nosotros mientras toman sesiones de rayo UVA, llorar porque siguen burlando la Justicia, llorar porque no toleran una democracia que no les conceda una mayoría para seguir mintiendo desde el Aparato. Llorar porque son ellos los que ocultan y encubren a los responsables intelectuales del crimen. Ahí los tienen, juzguénlos, condénenlos y pénenlos: Bush, Blair, Aznar, y, después… si tienen valor, lloren también.

jueves, 1 de noviembre de 2007

CRONICAS PLENARIAS. OCTUBRE 2007

ENSAÑAMIENTO

Las aceras multicolores, la esquina principal opaca, las meadas calientes corriendo entre las jardineras de la plaza que sostiene a la Cultura y a la Justicia. La bomba sin presión y la válvula sectorizando al Máximo. Peces asfixiados y naturaleza muerta. Temas de reparto privados que se ventilan abiertamente en pública asamblea. Fachadas ruinosas y bonificadas, patios gravados y alcobas violadas por la exención. La paridad soterrada, en medio del Sumo Pontífice y de los otros tres grandes cónsules varones, escondida, la prócer aparejador.
Esto era lo que iba descubriendo Demócrito por Estuario de las Siete Absolutas, obedeciendo instrucciones del Gran Corifeo de la voluntad popular, el último martes del soleado mes de Octubre. Sin embargo, también reparó en el ambiente social y observó la oscuridad y la falta de ánimos de sus gentes. Quiso llegar a la conclusión de que a las gentes del pueblo les faltaba más oxígeno que a los peces inertes de la balsa vecina de la depuradora que todos los próceres de la asamblea pretendían depurar. Continuó con su inspección y con su paseo. Llegó hasta los aledaños de los institutos, donde halló a un grupo de diecisiete jovenzuelos jugando animadamente y se quedó contemplando a los chicos y a su distracción. En un lance del esparcimiento, el jovencito de más reciente incorporación no entendió muy bien la jugada que el más listo, más guapo, más alto y más veterano del grupo hizo y tuvo el atrevimiento de decirle: “Eso es ilegal”. Demócrito continuó expectante el desarrollo del envite cuando el más listo, más guapo, más alto y más veterano del grupo llevó la palma de la mano derecha a la mejilla del jovencito, éste calló, y el veterano golpeó dos veces la mejilla del chico, luego, más tarde, con el puño cerrado de la izquierda le atizó en el mentón, acto seguido y sin mediar palabra estrelló su cabeza en la frente del novato provocándole una herida por la que empezó a brotar sangre ignara, con el brazo izquierdo sujetó la cabeza y con el puño derecho golpeaba con rabia el vientre del aprendiz arrojando, finalmente, todo su cuerpo sobre el suelo. Después, el más veterano del juego, pateó sin piedad los riñones y la cabeza del novato sin ofrecerle la posibilidad de defenderse. ¡Qué poca misericordia! —pensó Demócrito ante la escena— Los compañeros de juego, quietos e inmóviles no intervinieron para atajar la cuestión y a Demócrito le llegó a la mente la escena del xenófobo del tren frente a su desasistida víctima contemplados por el testigo pusilánime.
Después de que el más alto, más guapo y más veterano limpiara el sudor de la frente y mirara desde lo alto y con desprecio a su víctima, Demócrito se interesó por el juego.
—¿Qué juego es éste, chavales?
—¡Política! —respondió el más alto, más guapo y más veterano.
—Esto sólo es soberbia, ira o embriaguez y, sinceramente chiquillo, agradecería que estuvieses borracho.
—¡No he bebido!, ¡estúpido caminante! —espetó a Demócrito el más guapo, más alto y más veterano.
—Entonces no te entiendo, joven —se interesó de nuevo Demócrito.
—¡Ha mentido!, no ves que ha mentido, viejo metementodo —dijo enojado el joven veterano.
—Tal vez, en vuestro juego, él haya mentido, pero tú te has ensañado. Has actuado con una crueldad y una saña terrorífica, chiquillo. La saña, el ensañamiento es un delito, un crimen vil y condenado en nuestro Código Penal. ¿Quién te dijo que esto que acabáis de hacer, es política?
—El César, nuestro gran César, viejo —exhibiendo una sonrisa trató de concluir el joven más guapo, alto y veterano del instituto.
—No lo puedo creer. Dime joven, ¿tu César es elegido democráticamente?
—Sí, viejo caminante y además lo ha sido en muchas ocasiones y las que aún le queden —esgrimió exultante el chaval a Demócrito.
—Eso puede ser parte del problema, pero chaval, tú debes haber mal interpretrado a tu César —planteó dudas Demócrito a los planteamientos del joven.
—En ningún caso, viejo. Lo acaba de hacer ahora en la última asamblea de próceres. Además, nuestro César, también es docente. Lo explica todo muy bien, yo aspiro a ser César como él algún día, ¡seré tan grande como él! —ilusionado expuso el joven veterano.
—Insisto joven, un docente no puede trasmitir este mensaje a la juventud. No creo que un docente transmita esa arrogancia, exhiba esa soberbia y eduque en el ensañamiento.
—Pues debe creerlo viejo estúpido, nuestro maestro, nuestro Sumo Pontífice, nuestro César es así y por eso mismo se mantiene en palacio —Demócrito reflexionó un instante y después, dirigiéndose a todo el grupo de jóvenes, les lanzó el siguiente mensaje:
—Id al pueblo y decid a las gentes de buena voluntad lo siguiente:
—¡Cesar al César!