jueves, 22 de noviembre de 2007

CRONICAS PLENARIAS NOVIEMBRE 2007 -EXTRAORDINARIO-

Y DE NUEVO, MIL VECES MIL.

Anodina, zafia, abigarrada, hiriente, abstracta, ruidosa, aborrecible, ¡ni siquiera el marqués de Estella se hubiera atrevido a realizar tan burda, insostenible e injusta intervención política!

La opositora caliente calentó días previos, con micrófono en ristre y cámaras vanidosas el ambiente en Estuario de las Siete Absolutas y, lanzando un discurso repleto de azagayas retóricas consiguió del César la celebración de asamblea extraordinaria y todos los habitantes del lugar intuyeron que esa extraña y extraordinaria convocatoria tendría un riesgo terrible para la sana y pacífica convivencia entre vecindades distintas o realidades opuestas. A casi todos les llegó a las neuronas que en torno a la asamblea de próceres acudirían entusiastas, los eternos y numerosísimos votos cautivos para agradecer la generosidad de los próceres mandatarios, mientras otros vecinos contemplaban la idea opuesta, la de los miembros de la comunidad que, iracundos por su perpetua marginalidad de los favores del poder, irían a reclamar solemnemente su trocito de pastel, empero, a la extraordinaria hora del Ángelus, hora sagrada para la columna caliente (imagino por el alineamiento y rectitud de las agujas del reloj) la plaza de Palacio se encontraba tan desierta como un Primero de Mayo cualquiera.

Exposiciones legales, reglamentarias, bostezos sobre comisiones de empleo que no emplean, entrecruzadas con pinzas peligrosas, jabalinas envenenadas y sendas coincidentes al tiempo que hartamente abominables, se esforzaron en exponer los próceres oponentes en su conjunto, mientras que el César, obligado por zumbidos inalámbricos -por cierto, en esta ocasión hiperbólica y extraordinariamente, ecuánime-, abandonó un instante la extraordinaria asamblea y, el prócer multidisciplinar, como Gary Cooper en “Solo ante el peligro”, desenfundado, similar y aburrida retahíla reglamentaria, en defensa del mancillado honor.

Estupor causó entre la muchedumbre expectante, que la oposición radical denunciara en ese foro los encadenamientos de relaciones de vasallaje, con desprecio absoluto hacia la centenaria institución que se encarga de velar por la seguridad jurídica de aquellos operarios de los que dijeron, que con antigüedad de lustros en su empleos, se les está negando la estabilidad económica y emocional por parte de los próceres mandatarios.

Irritabilidad, sonrojo y asombro provocó en el ciudadano publicitado —en realidad un mal ciudadano y un ejemplar a extinguir— cuando verificó que se produjo un inusual receso en la asamblea de próceres cuando, invocando protección a la intimidad y a la honorabilidad de los empleados afectados por las mociones y discusiones, se hizo un pacto de silencio incomprensible entre todos los miembros de la asamblea. Interpretó el ciudadano publicitado que los próceres establecieron un verdadero agravio comparativo. Éste mal vecino no quedó conforme en que su nombre, apellidos, dirección y número de identificación apareciera en todas las relaciones, órdenes, decretos y bandos de Estuario de las Siete Absolutas por resultar deudor al erario público, mientras los próceres en asamblea, silenciaron aquellos mismos datos de vecinos que, trabajando para la institución, detraían para sus casas dinero de ese mismo erario público. Interpretó el ciudadano moroso que los próceres en su conjunto establecieron un peligroso doble rasero.

Pero el final de la asamblea extraordinaria es que los miembros de la comunidad (todos) se preguntaron unos a otros al concluir aquella farsa montada para lucimiento personal de la prócer caliente, si entraba dentro de los límites de las insanas aspiraciones de esa iluminada por el desatino, provocarles un gasto en sus bolsillos de más de tres mil piezas de oro —asignaciones económicas a los próceres asistentes incluidas— para conocer en qué casilla del R.O.S. (recibo oficial del salario) figuraba una gratificación que no llegaba a los cincuenta denarios a un eventual trabajador de la Corte, motivada por una desafortunada decisión en su contratación y, la conclusión última del vecindario fue que nunca los próceres políticos debatían de política en términos enriquecedores para la comunidad, si es que alguna vez llegaron a hablar de ella, la política con letras mayúsculas.

sábado, 3 de noviembre de 2007

I.R.A.K.

I.R.A.K.
(Insuficiente Respuesta Al Krimen)

Sin cuentos, sin personajes supuestos, sin bromas, sin sarcasmos, sin lugares imaginarios.

El once de marzo del año dos mil cuatro fueron masacradas en la capital de nuestro Estado muchas vidas de nuestros semejantes. Otros ciudadanos y ciudadanas fueron mutilados, muchas otras, heridas en sus sentimientos para siempre. Seguro que jamás olvidarán lo sucedido aquel jueves once de marzo en Madrid. El resto de españoles nos quedamos con un sentimiento de rabia e impotencia que a duras penas vamos superando.

Sólo imaginar que aquel fatídico día podría haber viajado en uno de aquellos trenes cargados de ira explosiva, rociados de impiedad incendiaria, llenos de venganza, sembrados de terror me hace llorar, no sé si de impotencia, de miedo, de frustración o simplemente llorar sin otro motivo que el de las lágrimas de la gente que te acompaña, del compañero que te revela secretos, llorar por la muerte de la chica tan atractiva en la que te fijaste al cruzar por el pasillo del tren y comprobar que sus lindos ojos fueron aplastados por un tornillo de la metralla sientes ganas de llorar, llorar porque también aquel anciano que iba a la revisión del oculista ya no volverá a ver el cielo porque el fuego cegó su vista para siempre, llorar por aquel bebé que se desintegró entre la chatarra y nadie supo dar con él, llorar por los compañeros mineros por su impotencia al verificar a lo que condujo la codicia de un miembro del gremio, llorar porque podía haber muerto yo mismo, llorar por la desesperación que inundó a los sanitarios ante esa barbarie, llorar por ese joven estudiante al que ya nunca más le amargarán la vida las matemáticas, llorar por aquel chiquillo neófito en democracia y que tan ilusionado estaba en acudir a las urnas presumiendo jactancioso de la opción elegida y se quedó cadáver con la papeleta del PP agujerada en el bolsillo de la trenca que le arropaba, llorar por el ciego terrorista que nunca identificó a sus enemigos, llorar porque mis hermanos y amigos llorarían, llorar porque mis hijos no disfrutarían de las tonterías de su padre cuando tiene un chato de vino de más, llorar porque mi mujer dejaría de gozar de un torpe amante, llorar porque mi madre rezaría, llorar porque me mintieron cuatro políticos sin vergüenza, sin ética, cuatro políticos de mierda a los que les importamos un comino. Llorar porque sólo se puede llorar. ¡¡Salvajes, asesinos!!

Llorar porque como dice esta pandilla de cuatreros mentirosos no se han encontrado ni condenado a los responsables intelectuales del atentando. Llorar porque se siguen riendo de todos nosotros mientras toman sesiones de rayo UVA, llorar porque siguen burlando la Justicia, llorar porque no toleran una democracia que no les conceda una mayoría para seguir mintiendo desde el Aparato. Llorar porque son ellos los que ocultan y encubren a los responsables intelectuales del crimen. Ahí los tienen, juzguénlos, condénenlos y pénenlos: Bush, Blair, Aznar, y, después… si tienen valor, lloren también.

jueves, 1 de noviembre de 2007

CRONICAS PLENARIAS. OCTUBRE 2007

ENSAÑAMIENTO

Las aceras multicolores, la esquina principal opaca, las meadas calientes corriendo entre las jardineras de la plaza que sostiene a la Cultura y a la Justicia. La bomba sin presión y la válvula sectorizando al Máximo. Peces asfixiados y naturaleza muerta. Temas de reparto privados que se ventilan abiertamente en pública asamblea. Fachadas ruinosas y bonificadas, patios gravados y alcobas violadas por la exención. La paridad soterrada, en medio del Sumo Pontífice y de los otros tres grandes cónsules varones, escondida, la prócer aparejador.
Esto era lo que iba descubriendo Demócrito por Estuario de las Siete Absolutas, obedeciendo instrucciones del Gran Corifeo de la voluntad popular, el último martes del soleado mes de Octubre. Sin embargo, también reparó en el ambiente social y observó la oscuridad y la falta de ánimos de sus gentes. Quiso llegar a la conclusión de que a las gentes del pueblo les faltaba más oxígeno que a los peces inertes de la balsa vecina de la depuradora que todos los próceres de la asamblea pretendían depurar. Continuó con su inspección y con su paseo. Llegó hasta los aledaños de los institutos, donde halló a un grupo de diecisiete jovenzuelos jugando animadamente y se quedó contemplando a los chicos y a su distracción. En un lance del esparcimiento, el jovencito de más reciente incorporación no entendió muy bien la jugada que el más listo, más guapo, más alto y más veterano del grupo hizo y tuvo el atrevimiento de decirle: “Eso es ilegal”. Demócrito continuó expectante el desarrollo del envite cuando el más listo, más guapo, más alto y más veterano del grupo llevó la palma de la mano derecha a la mejilla del jovencito, éste calló, y el veterano golpeó dos veces la mejilla del chico, luego, más tarde, con el puño cerrado de la izquierda le atizó en el mentón, acto seguido y sin mediar palabra estrelló su cabeza en la frente del novato provocándole una herida por la que empezó a brotar sangre ignara, con el brazo izquierdo sujetó la cabeza y con el puño derecho golpeaba con rabia el vientre del aprendiz arrojando, finalmente, todo su cuerpo sobre el suelo. Después, el más veterano del juego, pateó sin piedad los riñones y la cabeza del novato sin ofrecerle la posibilidad de defenderse. ¡Qué poca misericordia! —pensó Demócrito ante la escena— Los compañeros de juego, quietos e inmóviles no intervinieron para atajar la cuestión y a Demócrito le llegó a la mente la escena del xenófobo del tren frente a su desasistida víctima contemplados por el testigo pusilánime.
Después de que el más alto, más guapo y más veterano limpiara el sudor de la frente y mirara desde lo alto y con desprecio a su víctima, Demócrito se interesó por el juego.
—¿Qué juego es éste, chavales?
—¡Política! —respondió el más alto, más guapo y más veterano.
—Esto sólo es soberbia, ira o embriaguez y, sinceramente chiquillo, agradecería que estuvieses borracho.
—¡No he bebido!, ¡estúpido caminante! —espetó a Demócrito el más guapo, más alto y más veterano.
—Entonces no te entiendo, joven —se interesó de nuevo Demócrito.
—¡Ha mentido!, no ves que ha mentido, viejo metementodo —dijo enojado el joven veterano.
—Tal vez, en vuestro juego, él haya mentido, pero tú te has ensañado. Has actuado con una crueldad y una saña terrorífica, chiquillo. La saña, el ensañamiento es un delito, un crimen vil y condenado en nuestro Código Penal. ¿Quién te dijo que esto que acabáis de hacer, es política?
—El César, nuestro gran César, viejo —exhibiendo una sonrisa trató de concluir el joven más guapo, alto y veterano del instituto.
—No lo puedo creer. Dime joven, ¿tu César es elegido democráticamente?
—Sí, viejo caminante y además lo ha sido en muchas ocasiones y las que aún le queden —esgrimió exultante el chaval a Demócrito.
—Eso puede ser parte del problema, pero chaval, tú debes haber mal interpretrado a tu César —planteó dudas Demócrito a los planteamientos del joven.
—En ningún caso, viejo. Lo acaba de hacer ahora en la última asamblea de próceres. Además, nuestro César, también es docente. Lo explica todo muy bien, yo aspiro a ser César como él algún día, ¡seré tan grande como él! —ilusionado expuso el joven veterano.
—Insisto joven, un docente no puede trasmitir este mensaje a la juventud. No creo que un docente transmita esa arrogancia, exhiba esa soberbia y eduque en el ensañamiento.
—Pues debe creerlo viejo estúpido, nuestro maestro, nuestro Sumo Pontífice, nuestro César es así y por eso mismo se mantiene en palacio —Demócrito reflexionó un instante y después, dirigiéndose a todo el grupo de jóvenes, les lanzó el siguiente mensaje:
—Id al pueblo y decid a las gentes de buena voluntad lo siguiente:
—¡Cesar al César!

miércoles, 3 de octubre de 2007

CRÓNICAS PLENARIAS. SEPTIEMBRE 2007

CONGELADOS AL SOL

La lluvia se convirtió en todo un inesperado torrente unos días antes del suceso. El agua que desparramó aquella densa nube por todos los rincones de Estuario de las Siete Absolutas anegó calles, avenidas, plazoletas; los conductos áridos no digerían lo que las bocas de acero vertían sobre ellos. Las vías se inundaron y el líquido natural fue considerado como causa del pánico que los vecinos comenzaron a inhalar desesperadamente. La tormenta cesó, los vehículos especiales de rojo, con su dotación humana uniformada, superaron la prueba y neutralizaron lo que las alarmas más torticeras y beligerantes propagaron por el lugar. El agua vertida preñó al río y la poza de siempre, con su absorbente esponja, volvió a tragarse, sin despeinarse, toda la inmundicia que el río le arrojó sobre el brocal. Todo volvió a su cauce, el río quedó desierto y la poza, despotricando a su más fiel estilo, restregó sobre el río toda la broza y la basura que el agua dejó a su paso por el lugar.
Pero ese martes último del mes de septiembre, ya con el verano concluido y con los brazos abiertos recibiendo a un esperanzador otoño, todos los ciudadanos tenían una meta en la mente. Todos los seres humanos que habitaban en Estuario de las Siete Absolutas generaban ideas y parían proyectos. De entre ellos destacaba la ilusión que los viticultores tenían sobre el fruto de sus vides. La generosidad de la leña que soportaba racimos de extrema calidad tenía que ser mimada, a veces agasajada, para que los pacientes enólogos encontrasen la fórmula para convertir ese magnífico fruto en el caldo magistral que todo paladar sabe agradecer, no obstante, ese noble proyecto se estaba zancadilleando y torpedeando por una disposición transitoria anacrónica, xenófoba e hiriente para con la humanidad de los obreros que de sus espaldas sobresalía la bisagra que hacía posible la realidad del sueño de los viticultores de Estuario de las Siete Absolutas. Ellos -los obreros extranjeros- también tenían su proyecto en mente: conseguir dignidad, no papeles.
Los chiquillos de las aulas de infantil soñaban e inventaban historias con sus nuevos compañeros de juegos, aprendizaje y travesuras. Los más pequeños eran portadores de un lisonjero proyecto. Con imaginación sin mácula y con picardía inocente e infantil proyectaban felicidad en sus hogares al narrar sobreexcitados todas sus nuevas experiencias a sus padres.
Los más espigados, en primaria y en institutos de secundaria, embobados con una novedosa materia. La Educación para la Ciudadanía se había convertido en todo un reto armonioso entre escuela y lo que hay fuera de ella, todo lo que discurre con normalidad por el núcleo urbano. Los chavales empezaron a comprender toda la palabrería que los adultos enarbolan en sus discusiones de barra y tertulias de café. Los chiquillos que inauguraron el curso con esa nueva asignatura tendrían claro, con el apoyo del claustro y de su entorno más cercano –la familia-, qué se respeta cuando se habla de democracia, qué se venera cuando se ensalza la paz y la justicia y qué se persigue cuando el término violencia es usado por zafios iluminados y groseros enemigos de la humanidad. Los que pusieron bozal a esa materia también tenían su proyecto aunque no fuese novedoso. Su aspiración era la de siempre, ignorar la Educación y mofarse de la Ciudadanía. Otro proyecto al fin y al cabo.
Los industriosos comerciantes de la ciudad hilvanaban a golpe de sentido suspiro, esperanzas en el legendario proyecto transportista de la ciudad. Hacían cábalas y verificaban cálculos inversores. Era la ilusión por agarrarse a un proyecto tan denostado como querido, tan maniatado como utilizado.
Las jóvenes parejas ilusionadas por el premio que una cópula bien cuajada podría reportarles y así poder compensar el agujero que en sus domésticas economías les estaba provocando el ascendente tipo de la hipoteca del hogar y, el prócer de Sanidad Animal de Estuario de las Siete Absolutas entusiasta en su proyecto delfín, escupiendo arrogantemente respuestas cada vez más oscuras e indescifrables a sus interpelantes.
Las amas de casa y mujeres en general guiadas por el rol de la institución local, miraban con alegría a los proyectos en los que dedicar unas horas a la semana con el propósito de conciliar nuevas amistades e interiorizar nuevos conocimientos y habilidades.
Los aspirantes a sociólogos y los dedicados al estudio de otras ciencias sociales, observaban con perplejidad la realidad en la que estaban inmersos. Verificaron como, con tremenda crueldad, se pisotean las ilusiones de todo un pueblo. Lo expuso muy esquemáticamente el prócer mutante. El pueblo vota, y acto seguido se destruye lo que ha expresado, salvo los nulos. No hay nada que analizar ni estudiar, ¡vamos hombre!, ¡hasta ahí podíamos llegar! Todos estos estudiantes veían con ilusión, apoyados en la torpe habilidad de este prócer, cómo se le da la vuelta a una interpelación para ofrecer una respuesta que es todo un despropósito para la dignidad democrática de la ciudadanía. En posteriores tertulias los universitarios achacaron ese comportamiento a que el prócer mutante no tuvo la suerte de acudir a clase de Educación para la Ciudadanía. En esto consistía el proyecto de los jóvenes de Estuario de las Siete Absolutas, si redactaban bien su tesina de fin de carrera, con las notas que tomaron de ese incidente, obtendrían matrícula de honor, ¡sin duda!
Pero al concluir el día, el cónclave político, en solemne asamblea coronada por una enorme imagen de un civil heredero de militares, tomó parte en los sanos proyectos de los ciudadanos de Estuario de las Siete Absolutas y por decisión del Sumo Sacerdote, todo quedó congelado. Todas las ideas fueron congelándose a medida que el César motivaba su particular proyecto. Todo congelado, expuso y así sucedió. Lo más paradójico del asunto es que toda ilusión y proyecto de todo un pueblo quedó congelado al Sol. Inexplicable, confirmaron los cronistas de la ciudad.

FALLADO EL CERTAMEN DE RELATO CORTO "CALICANTO"

En esta dirección se encuentra el fallo:

http://www.manzanares.es/docs/actavipremionacionalderelatocorto.pdf

Mi más cordial enhorabuena al ganador: José Manuel Moreno Pérez

FALLADO "EL CIEGA DE MANZANARES" 2007

En esta dirección se encuentra el fallo:

http://www.manzanares.es/docs/actavipremionacionaldepoesia.pdf

Mi más cordial enhorabuena al ganador del certamen: Antolín Amador Corona.

CRÓNICAS PLENARIAS. AGOSTO 2007

PANDEMIA ANIMAL


Margarita despertó el veintiocho de agosto del año dos mil siete a eso de las siete de la mañana. La hora acostumbrada en los días de trabajo en la época estival. Cuando el minutero del reloj recorriera por completo de nuevo su circunferencia debería estar en su puesto laboral cumpliendo con la tarea que su empresa le tenía encomendada desde hacía algún tiempo. Los meses de bochorno eran para madrugar y acometer el trabajo de un tirón, suponía un esfuerzo pero tenía la compensación de la tarde libre. Cuando cerraba el sistema del ordenador a mediodía un goce de liberación acudía a los poros de su piel. Podía alargar la tertulia de las cañas en la barra del bar de costumbre sin la presión que le suponía tener que regresar por las tardes al despacho. Después de una amigable tertulia cuando concluía la información deportiva del telediario, relajadamente, a casa. Un fresco gazpacho o tal vez un pipirrana con tomate, pepino y cebolla del lugar bien aderezado con aceite de oliva, de segundo, un pescado, de postre melón o sandía, todo ello regado con el mejor de los blancos y frescos vinos que producen las importantes bodegas de la ciudad. Acto seguido, una reconfortante siesta al abrigo de los escándalos de los famosotes del momento y, al despertar, a disfrutar del paseo al atardecer por la húmeda ribera del río con su mejor amigo: “Trolo”, un perro de extraordinario valor e inigualable belleza y porte que le venía haciendo compañía durante los últimos cinco años. Trolo era un magnífico pastor belga que Claudio –el abuelo materno de Margarita- regaló a ésta después de que ella regresara de un viaje turístico por las antípodas de su lugar de origen conocido políticamente como “Estuario de las Siete Absolutas”.
Sin embargo, cuando Margarita despertó de su nacional y nutritiva siesta, no sentía las gratificantes cosquillas en las palmas de los pies. En verano, siempre fue Trolo quien ocupaba el lugar del despertador vespertino sustituyendo el metal por acompasados lengüetazos. Con su lengua juguetona y cariñoso hocico conseguía una sonrisa burlona de los labios de Margarita y una chispa mágica de complicidad de sus ojos negros. Bostezando y levantando los brazos alzó del sofá y marchó de inmediato a buscar a su mejor amigo.
-¡Trolo! ¡Trolo...! ¿Dónde te has metido, canalla?, ¿dónde está mi chiquitín? –Estas frases recitaba cariñosamente Margarita mientras caminaba distraídamente por el interior de su vivienda tratando de encontrar al pastor belga.
-¡Vamos no te escondas, Trolo, que nos vamos de paseo!, ¡por el río!, ¡como todas las tardes!, ¡venga!, ¿dónde te has metido?
Cuando Margarita observó que Trolo no se encontraba en la única pieza de la vivienda en la que ella intuía que podría estar –la cocina-, su corazón se alteró y su mente fue presa de un tormentoso pensamiento. A su cerebro acudió la posibilidad de que Trolo se hubiese marchado de casa. Aquella idea la martirizaba interiormente y examinó con brusquedad de nuevo todas las habitaciones del piso. Llegó al lavadero de la terraza y allí, tumbado, halló a Trolo. Muerto.
La joven se arrodilló, cogió a Trolo por la cabeza y sollozando trató de reanimar aquel cuerpo inerte, de corazón en paro. Le susurraba frases de ánimo, fidelidad y amor. Las lágrimas acudieron a los ojos y su mano alternaba la limpieza del semblante con la caricia perdida por el cuello de su mejor amigo. Los recuerdos afloraron a la memoria. Nunca había pensado que pudiera producirse la circunstancia de perder a Trolo de aquella forma tan callada e inesperada, a veces, imaginó que podría escaparse para siempre anhelando el regazo amoroso de una semejante, pero jamás contempló la muerte de Trolo. Nunca. Su mejor amigo despedía una imagen de evocadora ternura, con la boca a medio abrir, la lengua sonrosada descansando sobre la parte izquierda, los ojos, aún brillantes, buscando su último horizonte, el rabo ensortijando el muslo derecho…
Sin asimilar el fallecimiento de Trolo, Margarita telefoneó a Ricardo, un experimentado veterinario de la localidad y que en cierto modo era el responsable de vigilar la salud del pastor belga, empero, el número marcado por Margarita no ofrecía otra respuesta que el tono de línea ocupada a pesar de cinco intentos seguidos que realizó. Con los nervios a flor de piel salió del piso donde habitaba junto a Trolo y pulsó el timbre de la vivienda de Lourdes, la vecina de escalera, que de inmediato abrió la puerta portando sobre sus brazos a “Mesalina”, una presumida gatita de las denominadas siamesas. El poco aliento que le había quedado a Margarita marchó de su cuerpo al comprobar que el animal que Lourdes cubría con su regazo también estaba muerto. No pudo creer que la enemistad de la que hacían gala ambas mascotas terminase coincidiendo tan fatalmente. Lourdes dejó el cadáver de Mesalina en el canasto de mimbre donde la gatita pasaba las noches y escuchó con atención lo ocurrido con Trolo y que Margarita le narraba con palabras entrecortadas por la desesperación y la mala fortuna.
Lourdes agarró, de igual forma que antes hiciera Margarita, el teléfono y llamó al veterinario de Mesalina. Abdón sí que atendió su receptor, sin embargo, al veterinario de la mascota de Lourdes no le sorprendió nada de lo que su clienta, amargada, le comentaba. Abdón tenía noticias de otras muertes súbitas de mascotas en la ciudad, incluso la suya propia, Incitato, un majestuoso caballo de raza árabe y al que tenía tanto aprecio como lo tuvo Calígula con otro semental homónimo, estaba cadáver en las cuadras de su finca. No obstante, el veterinario no tenía respuesta para razonar lo que sucedía en el pueblo con los animales de compañía, todo se asemejaba a una virulenta pandemia animal inexplicable.
Doña Teresa, oyendo el jaleo que se traían las vecinas en el rellano, también salió de su vivienda, presa del pánico. Úrculus, un jilguero al que nunca le faltó de nada, dejó de cantar aquella tarde, lo portaba sobre su mano la buena mujer justificando la pena que inundaba su corazón. La adornada jaula donde habitaba Úrculus quedó desierta esa misma tarde.
Las tres mujeres, las dos jóvenes y la anciana Teresa sintieron la necesidad de apoyarse ante el problema común que se les planteó aquella tarde y decidieron cobijarse en el piso de Margarita. Doña Teresa no soltó a su alado Úrculus y Lourdes recogió del canasto a Mesalina y en la vivienda de Margarita quedaron sentadas en derredor del malogrado Trolo. Al rato comprobaron, cómo, un malestar general se sucedía por toda la ciudad. Oían llantos y percibían lamentos de todos los rincones. Casi todo el mundo había perdido a su animal de compañía esa misma tarde. Margarita se sosegó un instante después de beber un vaso de agua e hizo la pregunta de rigor:
-Y ahora, ¿qué hacemos?
-¿Cómo que qué hacemos? –contestaron al unísono doña Teresa y Lourdes a la pregunta de Margarita.
-Sí, ¿qué tenemos que hacer con nuestras mascotas?, aquí no pueden quedarse eternamente. Tendremos que pensar en alguna solución.
-Espera que consulte con mi veterinario. Haced lo mismo vosotras –propuso Lourdes al tiempo que marcaba el número de Abdón.
Después de varias intentonas, los veterinarios no atendieron las llamadas de las apenadas mujeres. Siempre tenían la línea ocupada. Al cabo de un instante de silencio, doña Teresa habló:
-Lo mandaré disecar. Quiero que me siga acompañando aunque ya no me cante. Vosotras tendrías que enterrar a vuestros animales.
-No, eso nunca. No toleraré que a mi Mesalina se la coman los gusanos. La incineraré y sus cenizas las guardaré en una urna –dijo con determinación Lourdes.
-No sé si eso es buena idea y además, ¿cómo piensas incinerar una gata muerta? –desolada por la ignorancia, respondió Margarita.
-No hables con ese desdén de mi pobre Mesalina, por favor.
-No quería ofender, Lourdes. Es que estoy muy alterada. Perdona.
-Pues los tendréis que echar al contenedor de basura, aquí no pueden quedarse esos dos bichos muertos –víctima de la desesperanza, conminó doña Teresa.
-En ningún caso, buena vecina. Mi Trolo no puede mezclarse con la inmundicia de los contenedores de las basuras. No, eso sí que no –rozando la locura, se dirigió Margarita a su anciana vecina.
-Pensemos, no nos enfademos ni nos alteremos. Eso no servirá para nada –propuso indulgentemente Lourdes a las compañeras de velatorio múltiple.
Margarita paseaba por el interior de la vivienda tratando de ordenar la mente ante el problema que la muerte de Trolo le había generado. Llegó al salón y encendió el televisor. Sintonizó un canal local y sorprendentemente, el responsable de Sanidad Animal estaba siendo entrevistado. Llamó de inmediato a sus compañeras y todas prestaron atención a lo que el aparato receptor reproducía. En un momento de la entrevista el periodista, al que desde control le pasaron una nota, hizo la siguiente pregunta al cónsul local:
-¿Qué tiene que hacer un ciudadano de Estuario de las Siete Absolutas si se muere su animal de compañía? –El cónsul delegado de Sanidad Animal, tomó aire, lo expulsó, su ojos se enrojecieron, su alargadas quijadas se tornaron amenazantes y contestó:
-¿Pero qué clase de pregunta es esa? ¿Cómo se puede ser tan insolente al efectuar una pregunta tan torpe como esa? Usted debe saber, aunque no me extraña que por su moral no lo sepa, usted debe saber, usted debería saber que desde tiempos inmemoriales, vamos desde toda la vida, desde que el mundo es mundo, todo el mundo sabe lo que usted tan irresponsablemente pregunta. La ordenanza de policía, de acuerdo con la disposición décimo tercera donde queda recogido el reglamento aprobado según criterios de la directiva vigésimo quinta de la ley del tropecientos treinta y pico en su artículo cuadragésimo que regula la actividad en su disposición transitoria de las finales del decreto, deja claro lo que todo ciudadano tiene que hacer ante esa eventualidad. ¡Vamos hombre!, ¡qué ignorancia! Otra pregunta, por favor –el periodista ante la respuesta del prócer local, alzó los brazos en señal de reverencia y rogando perdón, se postró de hinojos ante el cónsul y le dijo:
-Perdone mi atrevimiento, su altísimo cónsul delegado. Debería ser azotado hasta que la ira de su divinidad quede en remanso sosiego…
Las mujeres que seguían ávidamente la respuesta del responsable local de Sanidad Animal quedaron perplejas y, con los ojos abiertos como platos, se lanzaban la pregunta de quién había entendido lo que tan “didácticamente” explicó el cónsul. Después de la lógica irritación inicial, doña Teresa expuso:
-Ha querido decir que recemos. Ha dicho desde tiempo inmemorial, ¿habéis oído?
-No, yo creo que lo que quiere decir es que los enterremos –aclaró Lourdes.
-Pues yo, sinceramente, no me he enterado de nada. ¿Tan difícil resulta decir que llamen a la policía, o que los entierren?, ¿para qué sirve toda la verborrea que le ha largado al periodista ante una pregunta muy concreta y hecha con toda la corrección del mundo? No tiene sentido. No puede ser que tengamos representantes tan absurdos. Ni el más temido de los tiranos de las siete colinas romanas hubiera contestado con ese desdén. ¡Qué hipócrita! Confunde el imperio de las siete colinas de Roma con el Estuario de las Siete Absolutas, ¿se piensa que somos súbditos o sus esclavos? y, el respeto por los animales ¿dónde queda en este señor?, ¿cómo se puede ser tan insensible?, ¡las personas sufren con las muertes de sus animales de compañía!, ¡será estúpido! –indignada, expuso Margarita.
Después de aquellos comentarios, el trío de exasperadas vecinas asomaron los ojos por la ventana. Las gentes de la ciudad que todavía gozaban de sus mascotas, hicieron un reguero solidario hasta la plaza del palacio del César. Toda la gente del pueblo, al escuchar al cónsul delegado de Sanidad Animal, pensó que tenían que acudir con los animales hasta aquel espacio y ofrecerlos en sacrificio al Sumo Pontífice. Ellas también decidieron unirse a esa expresión de duelo y consternación llevando entre sus brazos a las mascotas fallecidas.
Cuando llegaron al centro de la plaza, las gentes del lugar habían formado una gran torre humana e invitaron a que la presidiera Margarita que, vestida con un peplo de seda transparente, alcanzó con brío la cima de la atalaya de seres humanos, mientras los animales aún con vida los dejaron sobre el mármol del suelo proyectando un gran círculo de vida y esperanza bordeando aquella grandiosa manifestación de tristeza y solidaridad. Trolo, Mesalina y Úrculus quedaron arropados por un enorme manto de pedrería al pie del obelisco que coronaba la plaza de palacio.
Margarita dirigió los brazos al cielo e imploró:
¡Oh, gran cónsul de nuestro reino animal, invoco a tu ordenanza de policía de acuerdo con la disposición décimo tercera donde queda recogido el reglamento aprobado según criterios de la directiva vigésimo quinta de la ley del tropecientos treinta y pico en su artículo cuadragésimo que regula la actividad en su disposición transitoria de las finales del decreto, para que resucites a nuestros animales de compañía!
Pero aquello no sirvió de nada, sin embargo, la presión que ejercía aquella encadenada masa humana sobre la gravedad de la tierra provocó que los muros del embudo del Estuario de las Siete Absolutas zozobraran y entrara aire fresco en la ciudad llevándose el viciado por la monotonía y con él, al tirano prócer de la Sanidad Animal. Las mascotas fueron dignamente enterradas o incineradas entre todos los vecinos sin advertir lo que decía la indescifrable ordenanza.